Novela

¿Cómo convertirse en mochilero? Cap 2

 

LLEGAR A SAN CRIS

¿Qué por qué elegí San Cristóbal de las Casas?  Porque me sentí derrotado tras probar suerte en Guadalajara y Ciudad de México. Los sueños de artista son más fáciles de alcanzar cuando tienes dinero. Por eso mucha gente sin talento, pero con mucho dinero, es consumida por los jóvenes y ellos les idolatran. Quizás yo no tenía talento para la música y no me había dado cuenta. Me negaba dulcemente a rendirme sin haber llegado hasta el final. Pensé que como no había encontrado las oportunidades que estaba buscando en las ciudades más importantes de México; tal vez mi destino estaba en otro lugar. Pensé en el sur. ¿Quién busca oportunidades en el sur? Por lo regular los sureños migran a las capitales. Yo, en cambio, estaba dando un giro completo a mi vida. Me contaron que en Playa del Carmen a uno le podía ir bien con la guitarra. Elegí San Cris porque era lo más lejos a donde podía ir con trescientos pesos, eso fue lo que costó el boleto de autobús saliendo de Puebla .Vi  a San Cris como una parada técnica para conocer y hacer algo de dinero para mi pasaje hasta Playa. Por cierto, antes de llegar a Puebla el misterioso obrar del cosmos me dio un regalo. En la central de buses de Pachuca me encontré un teléfono con la aplicación de word y me emocioné porque tenía un viejo móvil que lo único para lo que servía era para las llamadas y jugar a la viborita. ¿Qué hacía en Pachuca? Bueno esa es otra historia.

Luego de una siesta reparadora de tres horas me di un baño y salí a recorrer San Cris. Museo del ámbar, tienda de café, tortas, señoras en la plaza de la cruz enorme vendiendo atole y tamales, repostería francesa, panadería, chicas guapas de largas trenzas, músicos, chamulas y un sinfín de viajeros ofreciendo alfajores, pulseras, aretes, anillos, plantas y hasta unos que al verte con mochila o un instrumento musical te preguntaban si estabas buscando algo. El cielo se despejó y junto al kiosco un grupo de chicos platicaban. Eran cuatro. Uno de ellos llevaba un djembe, otro una guitarra y los otros dos fumaban un cigarro. Parecía que improvisaban una canción. Al arte de improvisar rolas en la calle junto con músicos desconocidos los viajeros le llaman yamear. Me acerqué a ellos con la más familiar de mis sonrisas. El chico que llevaba el djembe me preguntó qué tocaba. Música norteña y una que otra folk que yo compongo. Me invitó a mostrarle mis creaciones. Tomé la guitarra con soltura y miré al cielo como si estuviese agradecido de haber llegado al lugar indicado. Canté mis rolas y el ritmo les animó a bailar de manera graciosa a los otros chicos.

-¿Quieres venir a yamear? – Me preguntó el chico del djembe.

Era un tipo de garrocha humana, alto, la piel tostada como un pan que se deja segundos de más en el comal y con unos tatuajes de unas espirales en las mejillas. Tenía el cabello estilo mohicano con una larga cola. Su nombre era Marcopero todos le decían El Azteca. El otro chico que nunca se despegaba de él tenía la cara de un perro triste. Hablaba con un acento colombiano y un lenguaje corporal exagerado. Le llamaban El Colombia. Me di cuenta que era un idiota porque lo único que hablaba de Colombia era de la coca y en sus puñetas mentales hablaba de ser un hombre peligroso. Estoy seguro que lo era; no porque pudiera hacerte algo sino porque daba la impresión de ser una persona que te podía meter en problemas. Cualquier pendejo te puede meter en problemas si no mides la distancia a la hora de confiar.

Salimos con dos guitarras y el tambor a tocar a las afueras de los restaurantes y cafés entre los andadores. En el camino se nos unió un chico argentino que llevaba otro tambor. A pesar de que yo llevaba mi guitarra para todos lados y toqué en muchas taquerías y mercados en Monterrey, Guadalajara e Ixmiquilpan; ese día supe que había algo más efectivo y empático que funcionaba a los músicos viajeros: contar una historia de por qué tocan en la calle. El Azteca indicó con su mano que nos detuviéramos en cierta cafetería y como un maestro de ceremonias se dirigió al público que almorzaba.

Buenos días a todos. Somos músicos viajeros. A través de lo que hacemos nos ganamos la vida. Queremos compartirles un poco de nuestro trabajo. Si al final de este show ustedes quieren cooperar con una moneda o una sonrisa nos ayudarían mucho a continuar con nuestro viaje.

¡Increíble! Todos los músicos deberían aprender a dirigirse así a su público. La gente lo miraba con atención y los que se apenas probaban su primer bocado prestaban sin recelo su oído. Tocamos dos canciones por lugar. Recorrimos cuatro sitios. Trabajamos más o menos cuarenta minutos y sacamos doscientos cincuenta pesos. Nos repartimos la taloneadaentre el Azteca, el chico con el otro tambor y yo. A cada uno nos tocó como setenta y tantos pesos. Quedamos de vernos más tarde. Al menos ya había sacado la cuota para comer un hotdog con una coquita en el oxxo.

Al llenar la barriga con combustible caminé todo el andador de Guadalupe. Veía en cada esquina rostros nuevos, sonrientes, manos estrechándose, gente sentada de todas partes del mundo hablando de la música, la comida, la nueva parada en su ruta, la fiesta, planes para sacar dinero en la calle. Podías hablar con cualquiera. Y cualquiera te podía hablar para pedirte la hora, un cigarro o ya sea para invitarte a una fiesta por la noche.

Dando vueltas encontré otro hostal por cincuenta pesos el dormitorio. Toqué la puerta y me abrió un hombre con una botella de licor de caña en la mano. Tenía unos cuarenta años y se veía muy acabado. Le decían Pancho. Con la lengua adormecida me platicaba del sitio. El cuarto tenía dos literas y los colchones no se veían muy cómodos que digamos, pero tenía que ir reduciendo el presupuesto para ver hasta dónde podía llegar.

Quedé en cambiarme a ese sitio a la mañana siguiente. Esperaba encontrarme El Azteca por la noche para salir a tocar. Ya no di con él por ninguna calle. A eso de las siete de la noche llovió tanto y no paró hasta la medianoche.

 

¿Cómo convertirse en mochilero?

Quetzal Noah

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