Diario Viajero

Los hongos en Oaxaca por Quetzal Noah

Luego de comer unas tlayudas con tasajo y frijolitos de olla, subimos a nuestro hospedaje al borde de un desfiladero. Se puede contemplar un inmenso bosque donde una nube que parece un dragón gigante parece ser el eterno guardián de este sitio. Sacamos una botella de vino en el pasillo de nuestro cuarto. Nos sentamos y junto a nosotros una chica acariciaba un gato. De inmediato nos pidió una disculpa por tomar la silla que estaba afuera de nuestra habitación. Aquí se dice cualquier cosa para tener una conversación con alguien. A los extranjeros les gusta sacarte plática aquí. No he visto ese nivel de socialización en ninguna otra parte de México. Su nombre es Gala. Viene de Israel. Dice que hace diez años vino a México. Ahora venía desde Mazunte. Su hermano le recomendó visitar este sitio porque guarda un secreto. 

¿Alguna vez te pasó que leíste un libro sobre un lugar y soñaste tanto con conocerlo? Algo así me sucedió. Casi a finales de la universidad me clavé con la saga de los libros de Carlos Castañeda. En especial el de El viaje a Ixtlán. En donde el aprendiz de don Juan conoce un lugar de Oaxaca donde entra en contacto con la psilocibe. Aunque el lugar es un pueblo ficticio; puesto que en los años que llevo recorriendo el país no hay referencias de que exista un Ixtlán donde se den los hongos alucinógenos; el autor cumple su acometido: despertar la curiosidad por descubrir si es que existe tal sitio o queda como parte de la mitología personal del escritor. Tras leer el libro indagué en un montón de blogs sobre los lugares emblemáticos de Oaxaca. Y por fin di con mi siguiente parada: San José del Pacífico. 

 

La primera visita fue en el 2012. Venía acompañado de un chico capitalino y de una muchacha de Eslovaquia. Es muy difícil no hacer un buen amigo extranjero si se viene viajando en plan mochila: hostales y comer en los mercados; sobre todo en Oaxaca donde el ambiente es como el de una fluida amistad. Uno no termina de descubrirse en los ojos de otros mochileros. Tomamos una combi desde el centro a San José del Pacífico. El trayecto duró unas cuatro horas. Recuerdo que era el mes de julio por lo que la lluvia duraba así todo el día y por ende el hongo crecía tan rápido como el aleteo de un colibrí. Rentamos un cuarto por doscientos pesos para tres personas. No fue difícil dar con el paradero de la psilocibe. Los habitantes locales te podían dar referencia inmediata de quien tenía sin el menor celo o sospecha de intenciones. Al final un buen hombre nos vendió un ¨derrumbë que consiste en siete hongos para tener un buen viaje. 

No voy a entrar en detalles del viaje que me dio la psilocibe aquella vez ya que cada uno tiene una experiencia distinta dependiendo de su capacidad de comprensión y la relación con sus emociones. Puedo decir que estuvo de lujo. Vi colores saltando por las calles, las estrellas me encandilaban al granado de creen que sentir que su luz vibraba por todas las capas de mi piel, incluso el momento más sublime fue cuando recordé una melodía de Beethoven y creí entender el sentido de todo lo existe. Ya sé que suena a mamada, sin embargo, fue un gran viaje. 

El estar entre las montañas te invita a tener una profunda charla con tus deseos, es inquebrantable la calma inmediata que se percibe al sentir el oxígeno de sus bosques entrando a nuestros pulmones. El olor a tabaco y hierba recorre sin la menor exaltación las calles del pueblo. Los restaurantes y bares juegan en sus fachadas con temáticas psicodélicas, del reino fungí y de duendes. Los extranjeros bajan cada hora en el crucero cargando sus mochilas, leyendo viejas guías de viaje, cargando bolsas de fruta. Ya sea entrando por Oaxaca o viniendo de la costa; San José del Pacífico se vuelve una parada obligatoria y una cereza en el pastel de esta inagotable ruta que es el sur de México.

 

Quetzal Noah

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