Novela, Recomendaciones

Cap.3 Días de lluvia

Muy temprano empaqué mis cosas para cambiarme del hostal. Pasé por la plaza de la cruz para comprar un tamalito con atole. No tenía prisa por llegar. Pensé en dejar mis cosas y aplicar el discurso aprendido de El Azteca para cantar un rato por las fondas de comida y al caer la noche sacar el telescopio. Ese mismo día aprendí lo impredecible que es la vida en San Cris. Pasaron cinco minutos después de que dejé mis cosas en el hostal cuando un aguacero se escuchó entre las tejas y techos de lámina de toda la calle. Regresé a mi cuarto a navegar en internet con mi celular para esperar el cese de este no solicitado detalle de Tláloc. Pensé que tal vez por la noche podría sacar el telescopio para hacer unas monedas ¡Qué iluso!  No paró de llover hasta la mañana del día siguiente. Hubo un momento muy breve en que el sol se asomó, y luego la tormenta se volvió parte de la rutina. Así pasó durante casi una semana entera. A veces el chubasco era moderado por lo que se podía salir a comprar comida.

Algo que me salvó del aburrimiento fue que podía leer libros en pdf en mi teléfono. El único libro sobre un viaje que llevaba para este viaje curiosamente tomó otra ruta en el viaje. Leí Laberinto de Soledad de Octavio Paz en una semana, y estando en San Cris pude comprender el sentimiento de arrebato que tenemos los mexicanos y lo que nos cuesta confiar entre nosotros. Por la calle los indígenas que parecían no ser muy amigables. Al verlos a los ojos noté que permanecía su resistencia, como una intención de recuperar algún día lo que les fue arrebatado.

San Cristóbal de las Casas era una clara representación del México de los contrastes. Por un lado, los extranjeros gozando de los tesoros turísticos guardados por todo el país y las riquezas naturales como el jade, el ámbar, el café, el cacao. Extranjeros que tuvieron visión y explotaron esos recursos para quedarse a hacer una vida en ese pueblo. Por otro lado, los ricos de abolengo, dueños de diversos negocios y casas en las principales calles del centro frente a los indígenas que hablan en su lengua nativa reclamando éste lugar en el silencio de sus multitudes durante décadas. Y por otro lado, la tribu de seres de todas partes del mundo que carga su vida en una mochila.

Esos días que pasé en el hostal noté que había una cocina del otro lado de mi dormitorio, junto a ella, una habitación donde vivía un muchacho muy prieto y bajito parecía arte…artesanía prehispánica Con él vivían una mujer rubia de Francia y un niño. El niño era hijo de El Azteca. Lo tuvo con la mujer francesa. Al parecer la mujer tenía una irresistible tentación por los exóticos rasgos prehispánicos.

Un jueves salió el sol por la tarde. Las calles se secaron. Predominó un calor bastante rico. Era hora buscar las monedas. Tomé mi guitarra. Y como dije antes: No puedes hacer planes en San Cris. Cuando bajé al Mirador de Guadalupe decenas de artistas estuvieron esperando ese momento al igual que yo. Casi todos los restaurantes y bares tenían un par de músicos y bailarines ofreciendo su show. Fue imposible encontrar un lugar libre. Tal vez tendré mejor suerte mañana si salgo más temprano, pensé. Aun así, aproveché para recorrer las calles del centro. Llegué a un oxxo para comprar algo para comer. Al pasar por un lugar llamado La Viña de Baco escuché una voz rasposa y fuerte. Miré la escena. Era una chica con un estilo roquero bastante atractivo. La contemplé atento escuchando el mensaje de sus rolas. Al parecer ella las había escrito. Toda la gente le llenó las manos de monedas y ella se retiró con una sonrisa que le abarcaba casi toda la cara.

-Estuvieron chingonas tus rolas ¿Las escribiste tú?

-Sí. Bueno. Mi banda y yo.

-¿Tienes mucho en San Cris?

-Apenas unos meses ¿y tú?

-Tengo una semana.

-Veo que también tocas.

-Bueno. Eso intento.

-Voy a casa de un cuate a ver a unos compas ¿quieres venir?

Sin dudarlo me uní a sus planes. Era guapa. No de esas guapas que quedan guapas con un kilo de cosméticos, sino guapa natural, de un estilo salvaje. Su cabello estaba alborotado y sus labios partidos. Era de ojos pequeños con profundo destello. Llevaba los pantalones rotos y la guitarra en la espalda. Se llamaba Alejandra. Era una mujer aventurera. De esas que un día dejan todo y se van en búsqueda de su destino. De las que dejan los miedos en su clóset y los prejuicios en casa. De las que se van porque no esperan que nadie las salve ni sueñan con héroes. Se van para descubrir quiénes son. Se van porque saben que la vida es corta y hay tanto que aprender.

-Soy de Guadalajara. Me salí de casa a los dieciocho con unos compas. Tocamos por distintas ciudades. Viajamos en combi a Mazatlán, Los Mochis, Obregón. Hermosillo, Mexicali y Tijuana. Después bajamos a Ciudad de México y cada quien agarró su rumbo. Yo me vine con los cuates que vamos a ver ahorita.

Alejandra transmitía un ímpetu osado. Al estar con ella cualquier hombre podría darse cuenta que era la compañera ideal de viaje. Salía con su guitarra como si fuese una espada samurái a luchar contra la mediocridad y el desánimo para regalar alguna alegría a través de sus acordes y sus letras.

Caminamos durante media hora. Divisamos en el paisaje parcelas y cabañitas. Esa parte de San Cris se llama Rancho San Nicolás. Nos detuvimos en un portón de madera. Y Alejandra gritó el nombre de Carlos. Nos abrió un tipo muy agradable de un metro sesenta con barba de candado. La casa era de adobe y madera. La fachada parecía a la casa de Frodo de El Señor de los Anillos. En su interior se sentía un ambiente creativo. Al centro había una chimenea y la sala. A lado un par de mesas de trabajo dispuestas con materiales para pintar y esculpir. Frente al área de trabajo una cocina y unas escaleras que daban a las habitaciones. Nos esperaban otros dos chicos que eran amigos de Alejandra. Uno con cara de puñetín que le decían Oce y el otro de cabello largo llamado Migue. Ambos llevaban sus guitarras. Carlos estaba contento de recibirnos. Sacó una botella de pox – el wiskey de los mayas- y nos convidó un trago de bienvenida. La noche comenzó a refrescar. Carlos puso unos leños en la chimenea. Migue me preguntó qué tocaba y le dije que norteñas y una que otra que yo componía. Toqué unas de los Tigres del Norte entre el trago y el fuego. Me acompañaron con segunda voz y requintos. Carlos me mostró toda su casa.

-Estoy buscando roomies. Solamente hay que pagar los servicios. De la renta yo me encargo.

Me pareció una excelente oportunidad para ahorrarme el hospedaje. Migue y Oce sacaron un cigarro de hachís. Lo encendieron y lo pasaron a todos.

Oce y Ale eran pareja. Lo supe aquella noche porque tuvieron una discusión y corrieron a encerrarse a una de las habitaciones y ya no salieron. Se escucharon reclamos durante un rato. Carlos, Migue y yo fumamos sin decir. mucho. Carlos me dijo que me podía quedara a dormir en la sala. Migue tomó el sillón más grande.

Al despertar supe que no tenía oportunidad con Alejandra, y no porque el cabrón con el que andaba fuera mejor que yo. Al decir verdad ella no merecía estar con un tipo feo, inseguro y con cara de pendejo. Se notaba que él le estorbaba más de lo que le ayudaba. Tal vez ella estaría triunfando grabando discos o firmando libros geniales de sus aventuras, pero tenía esa piedra entre sus pasos que era su relación conflictiva.

Salí temprano de casa para tocar y me di cuenta que los extranjeros no dan muchas monedas, y que los lugares caros no son sinónimo de que te irá bien. Llegar a tocar con otros es fácil porque en grupo siempre hay alguien que se envalentona. Pero a la hora de pararme afuera de un lugar los nervios me congelaban la sangre. Me pasé casi una semana buscando el valor para acercarme a cantar a los cafés y bares. Tenía temor a la humillación, que llegara la policía o el encargado de cierto recinto y me corriera porque estaba incomodando a los comensales. Me desanimaba al ver que mis ahorros se iban acabando –que por cierto eran como mil quinientos pesos- aun así, no pasó por mi cabeza la idea de regresar a la ciudad o hablarles a mis papás para decirles que a diario estaba muriendo un poquito de hambre. Estaba lejos. No puedo negar que me hice más valiente, a diario enfrentaba la soledad, el desaire, la indiferencia, el no encontrar alguien que, si bien no me acompañara, al menos acortara la ruta para llegar a mis sueños. Aunque ¿quién va al sur de México a promocionar su música intentando volverse alguien? Eso se hace en Monterrey, Guadalajara o Ciudad de México. A diario me convencía de que no cualquiera se atrevería a hacer lo que yo ya estaba haciendo: conocerme a mí mismo lejos de todas las comodidades y las ideas de los círculos de los mismos amigos.

 

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