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	<title>novela archivos - Quetzal Noah</title>
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	<description>El Poeta Mochilero</description>
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		<title>¿Cómo convertirse en mochilero? Cap 2</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Quetzal Noah]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 28 Apr 2022 14:37:45 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>CAPÍTULO 2  Mi ánimo se encontró muy derrotado tras probar suerte en Guadalajara y Ciudad de México. Nadie te dice</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>CAPÍTULO 2</strong></p>
<p><strong> </strong>Mi ánimo se encontró muy derrotado tras probar suerte en Guadalajara y Ciudad de México. Nadie te dice que para ser un artista con un poco de reconocimiento hay que tener algo de dinero, carisma y no ser tan desagradable visualmente. Yo no tenía nada de eso. Me hice a la idea de que tenía talento. Un montón de pendejos se inventan hermosas mentiras de sí mismos y los demás terminan por creerlas. La mente humana no sabe distinguir lo que es real de lo que es fantasía. Para creer y crear cosas buenas de ti primero debes alejarte de todos lo que te han hecho creer lo malo. Por eso tenía que irme.  Pensé que como no había encontrado las oportunidades que estaba buscando en las ciudades más importantes de México; tal vez mi destino estaba en otro lugar. Pensé en el sur. ¿Quién busca oportunidades en el sur? Por lo regular los sureños migran a las capitales. Yo, en cambio, estaba dando un giro completo a mi vida. Me la pasaba buscando señales que me sedujeran a quedarme en determinado sitio. Tal vez un par de coincidencias podrían llevarme a mi destino. Pero bueno, el destino es solamente una manera romántica de llamarle a nuestras coincidencias.</p>
<p>Alguna vez escuché entre artesanos mochileros que en Playa del Carmen a uno le podía ir bien con la guitarra. Elegí San Cris porque era lo más lejos a donde podía ir con trescientos pesos, eso fue lo que costó el boleto de autobús saliendo de Puebla. Vi a San Cris como una parada técnica para conocer y hacer algo de dinero para mi pasaje hasta Playa.</p>
<p>Luego de una siesta reparadora de tres horas me di un baño y salí a recorrer San Cris. Museo del ámbar, tienda de café, tortas, señoras en la plaza de la cruz enorme vendiendo atole y tamales, repostería francesa, panadería, chicas guapas de largas trenzas, músicos, chamulas y un sinfín de viajeros ofreciendo alfajores, pulseras, aretes, anillos, plantas y hasta unos que al verte con mochila o un instrumento musical te preguntaban si estabas buscando <em>algo</em>. El cielo se despejó y junto al kiosco un grupo de chicos platicaban. Eran cuatro. Uno de ellos llevaba un djembe, otro una guitarra y los otros dos fumaban un cigarro. Parecía que improvisaban una canción. Me acerqué a ellos con la más familiar de mis sonrisas. El chico que del djembe me preguntó qué tocaba. Música norteña y una que otra folk que yo compongo, le dije. Me invitó a mostrarle mis creaciones. Tomé la guitarra con soltura y miré al cielo como si estuviese agradecido de haber llegado al lugar indicado. Canté mis rolas y el ritmo les animó a bailar de manera graciosa a los otros chicos.</p>
<p>-¿Quieres venir a yamear? – Me preguntó el chico del djembe.</p>
<p>Al arte de improvisar rolas en la calle junto con músicos desconocidos los viajeros le llaman <em>yamear</em> Era un tipo de muy flaco, alto, la piel tostada como un pan que se deja segundos de más en el comal y con unos tatuajes de unas espirales en las mejillas. Tenía el cabello estilo mohicano con una larga cola. Su nombre era Marco, todos le decían <em>El Azteca.</em> El otro chico que nunca se despegaba de él tenía la cara de un perro triste. Tenía acento colombiano y un lenguaje corporal exagerado. Le llamaban <em>El Colombia.</em></p>
<p>Era un idiota que lo único que hablaba de Colombia era de la coca y en sus puñetas mentales hablaba de ser un hombre peligroso. Estoy seguro que lo era; no porque pudiera hacerte algo sino porque daba la impresión de ser una persona que te podía meter en problemas. Cualquier pendejo te puede meter en problemas si no mides la distancia a la hora de confiar.</p>
<p>Salimos con dos guitarras y el tambor a tocar a las afueras de los restaurantes y cafés entre los andadores. En el camino se nos unió un chico argentino que llevaba otro tambor. A pesar de que yo llevaba mi guitarra para todos lados y toqué en muchas taquerías y mercados en Monterrey, Guadalajara e Ixmiquilpan; ese día descubrí algo más efectivo a la hora de pasar el sombrero: contar una historia de por qué tocan en la calle. El Azteca indicó con su mano que nos detuviéramos en cierta cafetería y como un maestro de ceremonias se dirigió al público que almorzaba.</p>
<p><em>Buenos días a todos. Somos músicos viajeros. A través de lo que hacemos nos ganamos la vida. Queremos compartirles un poco de nuestro trabajo. Si al final de este show ustedes quieren cooperar con una moneda o una sonrisa nos ayudarían mucho a continuar con nuestro viaje.</em></p>
<p>¡Increíble! Todos los músicos viajeros deberían aprender a dirigirse así a su público. La gente lo miró con atención y los que apenas probaban su primer bocado prestaron su oído con amabilidad. Tocamos dos canciones por lugar. Recorrimos cuatro sitios. Trabajamos más o menos cuarenta minutos y sacamos doscientos cincuenta pesos. Nos repartimos la <em>taloneada</em> entre el Azteca, el chico con el otro tambor y yo. A cada uno nos tocó como ochenta y tantos pesos. Quedamos de vernos más tarde. Al menos saqué unas monedas para comer un hotdog con una coquita en el oxxo.</p>
<p>Luego de sentirme satisfecho con la comida chatarra, caminé todo el andador de Guadalupe. Veía en cada esquina rostros nuevos, sonrientes, manos estrechándose, gente sentada de todas partes del mundo hablando de la música, la comida, la nueva parada en su ruta, la fiesta, planes para sacar dinero en la calle. Podías hablar con cualquiera. Y cualquiera te podía hablar para pedirte la hora, un cigarro o ya sea para invitarte a una fiesta por la noche.</p>
<p>Dando vueltas encontré otro hostal por cincuenta pesos el dormitorio. Toqué la puerta y me abrió un hombre con una botella de licor de caña en la mano. Tenía unos cuarenta años y se veía muy acabado. Le decían Pancho. Con la lengua adormecida me platicaba del sitio. El cuarto tenía dos literas y los colchones no se veían muy cómodos que digamos, pero tenía que ir reduciendo el presupuesto para ver hasta dónde podía llegar.</p>
<p>Acordé con Pancho cambiarme a ese sitio a la mañana siguiente. Esperaba encontrarme con <em>El Azteca</em> por la noche para salir a tocar. No lo vi por ninguna calle. A eso de las siete de la noche llovió tanto y no paró hasta la medianoche.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;"><strong>¿Cómo convertirse en mochilero?</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>Quetzal Noah</strong></p>
<p class="s11">
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		<title>¿Cómo volverse mochilero? Cap1</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Quetzal Noah]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 26 Mar 2022 20:19:50 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Recomendaciones]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Lo último que supe sobre Gulliver fue que lo encontró una tribu de hombrecillos y mujercillas que cabían en la</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Lo último que supe sobre Gulliver fue que lo encontró una tribu de hombrecillos y mujercillas que cabían en la palma de una mano. Encontré ese libro en un bazar casero de la colonia Roma en la Ciudad de México y me costó veinte pesos. Era una edición vieja, de esas que tienen el aroma a historia y librero de caoba. No pudo continuar el viaje conmigo porque se quedó en el bus de comerciantes en el que salí aquella noche de verano. Iba de Puebla con rumbo a San Cristóbal de las Casas. En Puebla supe que un libro es el mejor amigo en la soledad y el mal tiempo; pues una tormenta sacudió la ciudad una noche antes de partir al sur y tuve que refugiarme en Los Arcos frente a la Catedral. La incertidumbre de no tener un techo y la preocupación de contraer un fuerte resfriado al estar a kilómetros de mi hogar fueron arrastrados a la costa del olvido por el oleaje de las páginas en cuanto me puse a navegar junto a aquel legendario aventurero.</p>
<p>Eran cerca de las siete de la mañana cuando el bus entró a Tuxtla Gutiérrez. Una ciudad cubierta de frondosos árboles de frutas. Alguna vez me dijeron que en Chiapas nadie se preocupa por comer porque al estirar la mano puedes encontrar un árbol que te regala mango, plátano, cacao, tomate y otras bendiciones de la naturaleza. El bus subió por una carretera montañosa poblada de una densa neblina que obstruía la visión de los conductores y los pasajeros. Un tramo peligroso para quien no lo conoce.</p>
<p>El bus se detuvo en una terminal medio culera como el asiento que me tocó. Ni pedo, si uno quiere viajar lejos debe aguantar un par de hambres si es que no cuenta con mucho presupuesto. Yo traía mil quinientos pesos en mi cartera pensando que eso sería suficiente para llegar a Playa del Carmen. El maletero me pasó mi mochila, la guitarra y una caja de cartón que guardaba mi telescopio. Cargué la vida en mi espalda y me dispuse a caminar. A una cuadra de la terminal había un paradero de combis de donde se escucharon aturdidores gritos que decían <i>Tuxtlaaaa&#8230;.Comitán, Ocosingoooooo</i></p>
<p>Regla básica de orientación entre viajeros: casi todas las terminales de buses están cerca del centro de la ciudad a la que llegan. Fue fácil llegar a la plaza principal usando esa lógica. Seguí a pie cargando la vida en la espalda. Un aroma a café viajó por todo el centro histórico<i>. </i>Pasé por un mercado de artesanías que se encontraba junto a una iglesia que permanecía cerrada. Seguí en línea recta hasta llegar a unos portales frente a una plaza con un kiosco. Me detuve a ver pasar a la gente. Festejé en silencio mi llegada y reflexioné en la decisión que había tomado. Veía viajeros como yo cargando la vida en la mochila. Hombres y mujeres de todas las edades yendo de un lado a otro por todas las calles. Algunos eran interceptados por mujeres indígenas y sus hijos para ofrecerles algún poncho o artesanía. Todo era nuevo para mí. Si México fuera un continente como Europa entonces yo estaba como a diez países de mi casa. Me sentía extraño, ansioso, inquieto y para ser sinceros también un poco atemorizado. Quizás porque me di cuenta que en ese momento sólo me tenía a mí. Es fácil irse de casa, lo difícil es irse de sí mismo y en los ratos de soledad uno tiene que aprender a conocerse. El problema es que uno mismo a veces no se agrada lo suficiente y no puede disfrutarse. Yo por ejemplo me caía mal la mayoría de los ratos en que por obligación tenía que convivir con el extraño del espejo.</p>
<p>Tras no descansar muy bien durante el viaje mi cuerpo me pedía una cama para recuperar energía. Busqué un hospedaje económico. Di vueltas en círculos dejando que el pueblo me regalara todo lo que era nuevo para mis ojos. No fue difícil dar con un hostal. Casi todas las calles cercanas a la plaza principal tenían uno. Encontré un dormitorio por cien pesos en una casona que tenía un patio enorme con mesas y sillas de madera. Me regalaron un delicioso y tostado café chiapaneco como cortesía de bienvenida.</p>
<p>&nbsp;</p>
<h5 style="text-align: center;"><strong>¿Cómo volverse mochilero?</strong></h5>
<h5 style="text-align: center;"><strong>Quetzal Noah</strong></h5>
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		<title>¿CÓMO ESCRIBIR UNA NOVELA CORTA?</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Quetzal Noah]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 02 Sep 2021 05:53:00 +0000</pubDate>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
<p>Una tarde estaba revisando correos electrónicos cuando apareció en mi bandeja un mensaje con unas líneas adjuntas. Era un chico que me pedía la opinión de su poema. No era la primera vez que lo hacía. Me había ya dejado varios correos con anterioridad. Siempre en espera de mi respuesta. Me pena decirles que a mi gusto o parecer los textos no eran muy buenos ¿Quién soy yo para juzgar el trabajo de otros que van conociendo éste camino de las letras? Así que le escribí</p>
<p>Se nota tu entusiasmo para escribir, tienes un vocabulario más amplio que la mayoría de muchos jóvenes que comienzan a agarrar éste oficio. Sinceramente no siento que les falte pulirse. Creo que esa energía que tienes en escribir poesía podrías trasladarla a otro género como la novela corta, un relato o un cuento.</p>
<p>Le envié el mensaje y una semana después me mando un fragmento con una narrativa más extensa. Era uno de esos relatos llenos de palabras anzuelo que muerdes desde la primera línea y te saca de tu realidad para llevarte al lugar donde ocurren los sucesos de un joven entusiasta de la escritura. Lo felicité por su trabajo y le dije que estaría encantado de leer cuando estuviera terminado el trabajo.</p>
<p>El chico terminó de escribir una novela corta al cabo de tres semanas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<h3 style="text-align: left;"><strong>¿NOVELA CORTA?</strong></h3>
<p>La novela corta es mi género favorito después de la poesía. Es como un viaje rápido y sin escalas, una tarde en tranvía o lo que dura llegar a un destino en avión desde que se llega a la sala de espera. Cuando estaba en la universidad leí <em>El fantasma de Canterville de Oscar Wilde, El diablo en la botella de R.L.Stevenson, La metamorfosis de Kafka.</em> No le había prestado mucha atención a la forma del género hasta que una noche que un amigo me invitó a su casa descubrí que su padre tenía una enorme biblioteca en su sala. Exploré como si fuera un conquistador español pisando las costas de Veracruz. Y di con un libro <em>La tumba de José Agustín.</em> El nombre lo recordaba porque en un taller de poesía un amigo hablaba con frecuencia del día que lo conoció en una feria del libro y consiguió uno de sus ejemplares firmados. Cuando una persona recuerda un autor o un libro estando en una librería o una biblioteca es el llamado del mismo. Como decía Villoro que tú no buscas un libro sino que él te encuentra. Igual que con el peyote. Así me pasó con aquel libro. Se lo pedí prestado y lo llevé a mi casa.</p>
<p>Al día siguiente lo leí en una tarde. Quedé satisfecho, feliz, complacido. En unas horas un libro me había sacudido las ideas. El libro podía parecer un relato de la juventud del autor. Pero era más que eso, había un encanto en esas palabras: la pulsión creadora; el hecho de leer las páginas de un escritor y sentir las ganas de escribir o crear algo.</p>
<p>Fue un momento crucial ya que estaba crudo, recién me habían roto el corazón y tenía ganas de escribir algo que no fuera poesía a alguien que no me corresponde. Y fue así que tomé la computadora y escribí durante tres horas. Al día siguiente otras tres y así hasta que al sexto día nació mi primera novela corta: <em>Teoría de la Fragilidad. </em>Pude sublimar mi mal momento enfocando toda mi atención en relatar una historia de un corazón que quiso darlo todo.</p>
<p>Lo primero que hice fue escribir los hechos desde la perspectiva de cómo me sentía un par de noches antes. Después pensé en cómo llegué a sentirme así. Y al final pude decirlo todo en ese libro. Y es que cualquier tema se puede volver una excelente trama para una novela corta: ir a un concierto por primera vez, el primer año de la preparatoria, las aventuras con el amigo que se mudó de ciudad, el primer viaje, la primera vez que sentiste roto el corazón.</p>
<p>Te recomiendo que si estás pensando en escribir algo ágil, fresco y no muy largo pero tampoco tan corto pruebes el género. Podrían servirte de referencia <em> Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco, Quién de nosotros de Mario Benedetti </em>y por supuesto <em>La tumba de José Agustín.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<h3 style="text-align: center;"><strong>Quetzal Noah</strong></h3>
<p style="text-align: center;">Si te gusta lo que hago puedes inspirarte también con mis libros</p>
<p style="text-align: center;"><a href="https://quetzalnoah.com/tienda">https://quetzalnoah.com/tienda</a></p>
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