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	<description>El Poeta Mochilero</description>
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		<title>¿Cómo volverse mochilero? Cap1</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Quetzal Noah]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 26 Mar 2022 20:19:50 +0000</pubDate>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Lo último que supe sobre Gulliver fue que lo encontró una tribu de hombrecillos y mujercillas que cabían en la palma de una mano. Encontré ese libro en un bazar casero de la colonia Roma en la Ciudad de México y me costó veinte pesos. Era una edición vieja, de esas que tienen el aroma a historia y librero de caoba. No pudo continuar el viaje conmigo porque se quedó en el bus de comerciantes en el que salí aquella noche de verano. Iba de Puebla con rumbo a San Cristóbal de las Casas. En Puebla supe que un libro es el mejor amigo en la soledad y el mal tiempo; pues una tormenta sacudió la ciudad una noche antes de partir al sur y tuve que refugiarme en Los Arcos frente a la Catedral. La incertidumbre de no tener un techo y la preocupación de contraer un fuerte resfriado al estar a kilómetros de mi hogar fueron arrastrados a la costa del olvido por el oleaje de las páginas en cuanto me puse a navegar junto a aquel legendario aventurero.</p>
<p>Eran cerca de las siete de la mañana cuando el bus entró a Tuxtla Gutiérrez. Una ciudad cubierta de frondosos árboles de frutas. Alguna vez me dijeron que en Chiapas nadie se preocupa por comer porque al estirar la mano puedes encontrar un árbol que te regala mango, plátano, cacao, tomate y otras bendiciones de la naturaleza. El bus subió por una carretera montañosa poblada de una densa neblina que obstruía la visión de los conductores y los pasajeros. Un tramo peligroso para quien no lo conoce.</p>
<p>El bus se detuvo en una terminal medio culera como el asiento que me tocó. Ni pedo, si uno quiere viajar lejos debe aguantar un par de hambres si es que no cuenta con mucho presupuesto. Yo traía mil quinientos pesos en mi cartera pensando que eso sería suficiente para llegar a Playa del Carmen. El maletero me pasó mi mochila, la guitarra y una caja de cartón que guardaba mi telescopio. Cargué la vida en mi espalda y me dispuse a caminar. A una cuadra de la terminal había un paradero de combis de donde se escucharon aturdidores gritos que decían <i>Tuxtlaaaa&#8230;.Comitán, Ocosingoooooo</i></p>
<p>Regla básica de orientación entre viajeros: casi todas las terminales de buses están cerca del centro de la ciudad a la que llegan. Fue fácil llegar a la plaza principal usando esa lógica. Seguí a pie cargando la vida en la espalda. Un aroma a café viajó por todo el centro histórico<i>. </i>Pasé por un mercado de artesanías que se encontraba junto a una iglesia que permanecía cerrada. Seguí en línea recta hasta llegar a unos portales frente a una plaza con un kiosco. Me detuve a ver pasar a la gente. Festejé en silencio mi llegada y reflexioné en la decisión que había tomado. Veía viajeros como yo cargando la vida en la mochila. Hombres y mujeres de todas las edades yendo de un lado a otro por todas las calles. Algunos eran interceptados por mujeres indígenas y sus hijos para ofrecerles algún poncho o artesanía. Todo era nuevo para mí. Si México fuera un continente como Europa entonces yo estaba como a diez países de mi casa. Me sentía extraño, ansioso, inquieto y para ser sinceros también un poco atemorizado. Quizás porque me di cuenta que en ese momento sólo me tenía a mí. Es fácil irse de casa, lo difícil es irse de sí mismo y en los ratos de soledad uno tiene que aprender a conocerse. El problema es que uno mismo a veces no se agrada lo suficiente y no puede disfrutarse. Yo por ejemplo me caía mal la mayoría de los ratos en que por obligación tenía que convivir con el extraño del espejo.</p>
<p>Tras no descansar muy bien durante el viaje mi cuerpo me pedía una cama para recuperar energía. Busqué un hospedaje económico. Di vueltas en círculos dejando que el pueblo me regalara todo lo que era nuevo para mis ojos. No fue difícil dar con un hostal. Casi todas las calles cercanas a la plaza principal tenían uno. Encontré un dormitorio por cien pesos en una casona que tenía un patio enorme con mesas y sillas de madera. Me regalaron un delicioso y tostado café chiapaneco como cortesía de bienvenida.</p>
<p>&nbsp;</p>
<h5 style="text-align: center;"><strong>¿Cómo volverse mochilero?</strong></h5>
<h5 style="text-align: center;"><strong>Quetzal Noah</strong></h5>
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		<title>Una chica desmadrada</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Quetzal Noah]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 18 May 2020 18:23:20 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>No sé si te ha tocado salir con una chica toda desmadrada. Es bonita, tiene el rostro como de un ángel, la manera en que se ríe te hace perder la noción del tiempo, pero siempre traen algo triste en los ojos, como una profunda herida que por más que uno quiere estar ahí para que se cicatrice termina por sentirse igual de desmadrado. Yo no era así, te juro que yo andaba de buen humor todo el rato, mis compas siempre querían venir a mi casa porque yo sacaba la guitarra y ponía en ambiente. Desde que salí con ella las cosas cambiaron repentinamente. Mira, yo iba a su casa, le dejaba cartas, le escribía poemas, incluso entre pregunta y pregunta di con sus flores favoritas.  Y aunque estoy seguro que era noble mi insistencia resulta egoísta pensar que uno es el sueño del otro, que uno puede devolverle el brillo a sus pupilas, cambiarle esas horas de lágrimas en su cuarto por una caminata con bromas por el parque, uno es demasiado idealista cuando las posibilidades son pocas, no queda de otra. Vete, no te convengo, tengo que arreglar mis pedos, no debes andar con una chica como yo, tengo un caos en la cabeza y no te mereces eso ¿por qué no te consigues una bonita que le guste salir y se arregle para ti? Yo no tengo nada para ti, estoy marchita, me pudro en mi propia mierda, me decía.  Otros días como que se le pasaba, andaba de un humor irreconocible, hacíamos planes para ir a la playa o comprar una combi para hacerla una cafetería y llevarla por distintos pueblitos. Me invitaba a comer a su casa, cocinaba, aunque no le quedaba muy bien nada de lo que preparaba yo comía muy contento porque el hecho de que se diera unos minutos de su celoso tiempo para cocinarme me llenaba el estómago de bichos voladores. Por lo genera así era de lunes a jueves, cuando llegaban los viernes y sábados ya no contestaba mis mensajes, lo sé, tenía que trabajar, era cantante de bares, le pagaban bien, pero se me hacía como injusto ¿no te parece? Que yo estuviera toda la semana ahí, preguntando cómo estaba, escribiéndole cartas, tratando de aportar un poco con mi ánimo a que floreciera tantito su felicidad y que ella se acordara de mí el domingo por la noche cuando regresaba a su departamento y se sentía sola y me escribía para decirme si no quería salir a caminar y yo de pendejo dejaba la carne asada en casa de mis papás y me iba caminando hasta su casa porque no tenía dinero para los taxis. No me quedaba muy lejos, eran unas veinte calles y dos avenidas las que caminaba, cuando llegaba yo estaba sudado, ella fresca, oliendo a carolina herrera, para que  solamente me viera quince minutos y me dijera que se tenía que dormir porque al día siguiente tenía clases muy temprano. Entonces si estaba tan mal ¿quería que continuara ahí? ¿le servía de consuelo? Una tarde hacía mucho calor y bebía yo con ella una caguama en su casa, ella la invitó, yo no llevaba dinero, casi nunca tenía, tal vez por eso nunca la convencí, no tenía nada por ofrecerle, no tenía trabajo, solamente escribía cosas que le gustaban a mucha gente, pero en realidad estaba muy jodido, tal vez no avanzamos más en la relación porque las buenas intenciones y la insistencia no bastan, hay que tener unos pesos en la bolsa de perdido para unos tacos. No hay justificante para mi mediocre actitud para disponer de dinero. Nos bebimos las caguamas y me miró en un tono extraño. No sé para qué vienes a buscarme, yo soy libre, soy una canción en movimiento, no estoy hecha para nadie, soy de la luna, soy inspiración, no puedo anclarme a nadie, no ahora, no con mis sueños. La miré, era bajita, me llegaba a los hombros, la miré como quien sabe que es la última oportunidad para besar a alguien y ella se volteó, se levantó del piso, tiró el envase con una patada involuntaria, la cerveza se regó en el piso, fue la señal perfecta de que todo se estaba yendo a la verga y no se podía hacer nada para evitarlo. Me acompañó hasta la puerta. Le quería decir que me quería quedar, que estaría ahí para ella, que sería un mejor ser humano, que tendría dinero un día de estos y le compraría flores y la llevaría a cenar a uno de esos lugares donde dos personas pueden fantasear con enamorarse, sin embargo, no miré hacia atrás y caminé. Una semana después me fui a la Ciudad de México y en el departamento de una amiga mientras me bebía una cerveza, abrí el facebook, una lágrima resbaló hasta mis labios y un dolor en el pecho me congeló, su situación sentimental había cambiado a una relación.</p>
<p>&nbsp;</p>
<h3 style="text-align: center;"><strong>Un libro de cuentos, Quetzal Noah</strong></h3>
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		<title>La mujer pájaro</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Quetzal Noah]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 04 Jan 2019 19:57:28 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[cuento]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Cabo San Lucas , Baja California Sur 1 de Junio de 201… &#160; El romance es el primo más simpático</p>
<p>La entrada <a href="https://quetzalnoah.com/2019/01/04/la-mujer-pajaro/">La mujer pájaro</a> se publicó primero en <a href="https://quetzalnoah.com">Quetzal Noah</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><strong>Cabo San Lucas , Baja California Sur 1 de Junio de 201…</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El romance es el primo más simpático del amor, nos lleva por las veredas de incandescentes paraísos de locura, nos cura, nos libera de nuestras prisiones mentales y ataduras, el romance a su vez es pasajero, puede ser enemigo o aliado, traiciona cuando uno de los involucrados sufre ese trastorno llamado apego, nos recompensa cuando lo dejamos ser libremente por el tiempo que dure, cuando no lo llenamos de preocupación por mantenerlo, el romance viene a salvarnos, un día, una semana, un mes o sólo un segundo. Cuando se encuentra con el amor, entonces ambos están completos. Así viví por aquellos días junto a Danielle, entre los cerros y los cactus, entre la arena y los peñascos, entre las plazas y las calles, entre la noche y las fiestas, nos correspondíamos sin depender uno del otro,  sabíamos que éramos pasajeros, por eso no teníamos miedo a separarnos, era una mujer de las que uno no se debe enamorar: siempre llevaba un libro en la mano, aún se sonrojaba al recitarle poesía al oído, le gustaba verse bonita y arreglarse sin caer nunca en la vanidad del espejo y los comentarios ajenos, bailaba sin pena alguna, no se emborrachaba pero gustaba de beber cerveza, era amiga y compañera, podía hablar de pintura, teatro o de una vieja y ridícula telenovela, se reía de todo, de esas mujeres que en vez del bar preferían ver las estrellas con una buena compañía y una botella, viajaba, escribía versos, dibujaba, era perfecta. Dormíamos en la playa, en su cuarto o a veces nos quedábamos platicando en el pueblo esperando el amanecer, ella quería estar conmigo y yo con ella, me daba todo y yo lo único que hacía era tratarla como una mujer especial. Los hombres a veces piensan que a las mujeres hay que llenarlas de cenas lujosas en restaurantes caros, llevarlas de compras o impresionarlas con grandes regalos, cuando a las mujeres de corazón sincero les basta con tan solo hacerlas sentir que son como los anillos de nuestro Saturno, las lunas de nuestro Júpiter, les basta con que las cuidemos y que ellas se sientan protegidas, con que no dejemos de hacerlas sentir que son únicas, respetarlas y ser no el rey adinerado sino el verdadero caballero, hacerlas sentir lo que son: mujeres, verdaderos ángeles en nuestro camino y a ellas les debemos lo grande que en algún momento nuestras almas pueden llegar a ser. Yo no hacía más que eso, cuidarla, recitarle poemas que le escribía cuando amanecía y el cariño que ella me daba me inspiraba a ser con cada persona un hombre de bondad y de bien, una revolución de ideales románticos llegaba cuando su cabeza se acurrucaba en mi pecho.</p>
<p>Mutuas risas en nosotros hallábamos, deseosos siempre de estar tomados de las manos, cuando tristes estuvimos el alivio llegaba en un caluroso abrazo, sobraban los motivos para involucrarnos, sombras y nieblas quisieron ocultarnos, pero fuertes nos hicimos, el orgullo en nuestros anhelos nunca intervino. Hoy la ausencia es más fría que la noche en el desierto, aunque dos corazones sinceros concuerden en lo eterno, en este mundo, todos los amores son inciertos. El lunes por la tarde me encontraba con tocando la guitarra en la Plaza del Marlín, recibí una llamada era July, la noticia: Estaba en Guadalajara, tenía que ir lo más rápido posible, Ramiro había muerto. Mi amigo, mi cómplice, el viajero con el que vencí la muerte había dejado este planeta, no pude más que quedarme mudo y sentir como un vacío me comía los huesos, mis ojos se humedecieron y mis labios no se ponían de acuerdo para disponer de alguna palabra. Ramiro muerto estaba, no había nada que pudiera hacer, si no fuera porque le hice una promesa de darle una carta a sus padres que él me había aquella noche en que cruzamos para La Paz. Danielle me abrazó y le dije que me acompañara a la playa. Apenas sabía que Danielle venía de Francia, nunca hablaba de su pasado, pero siempre en nuestros momentos de magia me insinuaba que ella no pertenecía del todo a este mundo, hasta esa noche comprendí que siempre me lo decía en el sentido literal.  —No te preocupes en regresar, si tenemos que estar juntos los caminos celestiales harán todo lo posible por volvernos a encontrar. Yo nunca acostumbraba a regresar, sabía que el ciclo con Danielle había hasta ese día concluido, tal vez nos esperaba algo mejor cada uno, por eso tuvo todo lo que tenía que pasar, la vida nos puso en la misma vereda para tener el mismo aprendizaje, para recordarnos lo maravilloso que es el romance, para retomar la esperanza y saber que el amor está en un café, en una biblioteca, en la playa, en un barco, en una plaza, en el desierto, en la montaña, en cada lugar y a cada instante .</p>
<p>—Me hubiera gustado pasar más días contigo, semanas, meses, inclusive años, venir a diario a tu casa con nuevas palabras de amor en mis labios para dejarlas caminar en los caracoles de tus oídos, quedarme acariciando tu pelo cuando la luna devora la tarde, verter el fuego de mis locuras en tus tristezas oscuras, hacer planes de mudarnos e idear cual sería el mejor sitio donde podamos comenzar una existencia llena de arte en el esplendor de nuestras creativas existencias, decirle al ángel de tu soledad que yo te cuidaré y que es hora de que él se marche. Si un día llega a tu puerta de nuevo el fantasma que venciste y sientes que las estrellas poco a poco se van marchando y las luces de los planetas ya no alumbran el sendero de tus pasos, si sientes que cada canción es un alba de melancolía y los días te dan una señal que te trae consigo un recuerdo triste y tu corazón temeroso a la desdicha vuelve cada idea un mar de tormentos, no olvides quien fui, que te quiero y que sobre todas las desgracias que manchan tu espíritu estaré siempre deseoso de revivir entre nosotros aquello que alguna vez fue. Te quiero Danielle.</p>
<p>—Desde que llegaste a ese lugar no me quería ir, quería hablar contigo, algo viviendo dentro de ti invadía los colores de la tarde, el paisaje era una ficción constante, no pensaba en otra cosa que no fuera hablarte o que me hablaras, tus ojos viajeros eran dos lagos de espuma y lava volcánica donde quería nadar, tu voz una especie de música que nunca había escuchado pero quería volver a oír como cuando descubres por primera vez una canción que va a ser tu favorita, eras tan tú, tan real que no tuve miedo de acercarme y si en otra lugar te volviera a encontrar, no dudaría ni un segundo en hablarte de nuevo, sé que eres esa magia de la que hablan los libros, parece que te sacaron de un cuento con la misión de venir y darme los sabores de esa alegría que sólo tú sabes transmitir. Te llevaré pero no te puedo acompañar.</p>
<p>Danielle se arrojó sobre mis hombros, sus labios se volvieron espadas silenciando la furia del mar, su beso dorado infundió un desfile de caballos y abejas de jade sobre mi cuerpo. Fue hacia el mar, un trueno retumbo las entrañas del charco de vino salado y una niebla verde y rosada cubrió su simetría, vi cómo se alzaba un ala de tono esmeralda detrás del humo, su cuello se volvía rojo: se había convertido en un quetzal. Se abalanzó sobre mí y como un cohete con un brinco se disparó hacia el cielo. Desde arriba apenas la península era un pastel de tierra, cuerpos fugaces caían en las alas de Danielle (o mejor dicho de la hembra quetzal). En mi vida me había topado con mujeres que se habían vuelto locas, alcohólicas, otras mentirosas, algunas se volvieron licenciadas, otras ingenieras, esposas infelices o madres solteras, pero Danielle era la primera mujer que conocía que se volvía pájaro.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;"><em><strong>                                                                         El viajero solitario, Quetzal Noah</strong></em></p>
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